martes, mayo 05, 2009

Le locataire 3: with a vengeance

El hombre ha de ser
superado
¿Qué habéis hecho vosotros
para superar al hombre?


Mi nueva casa es el octavo piso de un edificio con un jardín a sus pies y en el jardín un reloj gigante y en el reloj las once y cuarto de la noche para siempre. Unos señores que han venido de Polonia se encargan de las obras: barnizado, rodapié, alicatado, pintura. Dejan restos de comida por todas las habitaciones: mandarinas, Lays vinagreta, lo blanco del jamón, biofrutas de Pascual sabor Mediterráneo. En el mes de febrero sorprendo a uno de ellos en mi futuro nuevo salón introduciendo una descuidada línea de cocaína por su nariz. Reímos como dos buenos amigos.

- Hay que ver, Krzysztof, ¡drogándote en horario de trabajo!
- No me llamo Krzysztof...

El anterior propietario es dentista y tiene bigote y estas son las tres cosas que se deja en la casa: un juego de mesa, unas botas de cuero, nuestro Jesucristo. Su email empieza por "dentista53@..." y al estrechar mi mano lo único que dice es: "buenos dientes". Mi cuarto perteneció a su hija pequeña, tiene las paredes blancas y dos armarios empotrados y al estrechar mi mano lo único que dice es: "buenos dientes". En mi cabeza suena el tema principal de "Asalto a la comisaría del distrito 13". Al parecer, lo mejor son los vecinos.

- Lo mejor son los vecinos, te darás cuenta enseguida.
- Menos mal, creo qu...
- Me g-gustan tus dientes.

La vecina de al lado tiene ciento veinticuatro años. Voy a saludarla y no quiere abrir, pero escucho como respira con dificultad al otro lado de la puerta. Doy un golpe en la pared, miro hacia abajo y veo que el felpudo de su entrada tiene cosido en el centro una representación de una oveja en un prado con la boca abierta y dos siniestras hileras de cien dientes cada una. Esa misma noche sueño que la oveja me persigue recorriendo varias veces todos los vértices de la Glorieta de Bilbao. Me asomo a la ventana del descansillo y veo a un niño semidesnudo meando alrededor de una paloma muerta en medio de la calle. Al salir me cruzo con un señor de unos cuarenta años, calvo, con chepa (??) y el Cuore en la mano (corregidme si me equivoco: Penélope Cruz en portada), en cuya camiseta color azul celeste se puede leer: THE MAN, THE LEGEND. Llego a la que pronto será mi antigua casa, voy directo al lugar que más seguridad me ha inspirado en lo que llevamos de 2009: la bandeja de entrada de Gmail, y descubro un mensaje nuevo cuyo encabezado me dice, me grita, me suplica:

"prepárate hoy para la avalancha de chollos del mañana".

lunes, abril 20, 2009

FWD:FWD:Todos los colores de la oscuridad

Resumen de mis últimos cinco meses: mudanza, vigor, Facebook, Jorge Riera, surfers de merluza, Antonio Muñoz de Mesa, mudanza, Barcelona, homosexuales, ketamina, Facebook, Le pain quotidien, Erandio, México, mudanza, vagina en lata, los tebeos y las personas, Mike Mignola, Judd Apatow + Bill Hader (me voy quedando sin referencias). En mi reproductor de MP3 marca SONY suenan: ALL OUT WAR, HIGH ON FIRE, BAMBINO, BUSTA RHYMES, MARI TRINI y RAHOWA (entre otros). Mi película preferida: ATRAPADO EN UN PIRADO + UN HOMBRE LOBO AMERICANO EN LONDRES. El último libro que he leído: EL BUEN SOLDADO, de Ford Madox Ford Madox Ford Madox Ford Madox Ford. Mi amigo preferido: JAVI ALVARIÑO.
Pronto más, desde Castilla para el Planeta Tierra + PAZ + AMOR.

Meanwhile, back at Yahoo News...

miércoles, noviembre 12, 2008

Lentejuelas

Daniel es un humorista en paro recién divorciado que no se resigna a perder el contacto con sus hijos y su ex-mujer. Cuando descubre que el subsidio apenas alcanza para cubrir la pensión de los pequeños, decide pedir un préstamo que jamás devolverá. El tiempo pasa, los acreedores y la nostalgia no le dejan tomar aire, su vida comienza a girar en torno al alcohol. Una mañana, mientras combate la resaca en un banco del parque, se le ocurre una idea: ser el ama de llaves de su familia sin que ellos lo sepan. Esa misma tarde acude a un experto transformista que le ayuda a caracterizarse como una anciana de cien kilos, el disfraz perfecto. Daniel fabrica un DNI de pega, inventa un pasado y aprende a cocinar. Finalmente, supera una entrevista con su antigua esposa y consigue el empleo. La primera temporada consta de veintitrés capítulos, cada uno de ellos con veintiocho minutos de duración sin contar las pausas publicitarias. La serie -una comedia- se llamará “Señora Doubtfire”. Contamos con Rod Stewart para el papel principal.

El once de Febrero, el señor Stewart nos recibe en un hotel del centro. Múltiples preguntas rondan nuestras cabezas. ¿Será un cabrón? ¿Comerá con las manos? ¿Llevará peluca? ¿Llevará bragas? La cena transcurre mejor de lo que creíamos. Al término hemos aprendido seis formas diferentes de introducirnos cocaína por el ojo del culo, una frase infalible para ligar y varios chistes sobre curas maricas. Meses más tarde la serie se estrena con una cuota de pantalla más que generosa. El segundo y tercer capítulo baten el récord de audiencia de la cadena, nuestro ascenso es imparable. Rod aparece en portadas de revistas y en anuncios de relojes.

En el séptimo episodio, la Señora Doubtfire debe sufrir un desternillante accidente doméstico mientras prepara unas tortitas en la cocina. Se apoya en la vitrocerámica para coger el sirope de caramelo y sus tetas de mentira estallan en llamas. El día en el que rodamos la escena, nuestro protagonista aparece con gafas de sol y manchas marrones en la camiseta. En una de las primeras tomas, con el pecho aún humeante y la cámara en marcha, se derrumba junto a una esquina y llora con la cabeza entre las rodillas. Su agente nos asegura que la reacción no tiene nada que ver con ninguna droga. Rod está limpio, nos dice. Tras una reunión de urgencia optamos por incluir las imágenes en el producto final: el guión da un volantazo hacia el infierno.

Al descubrir que posee un pene, los niños comprenden que aquella vieja es en realidad su padre, pero no parece importarles. Se mofan de él, traen a sus amigos del colegio para que lo vean. Hacen chistes sobre curas maricas. Doubtfire emerge de su depresión arrastrada por la demencia. Los capítulos nueve y diez son emitidos el mismo día, como un especial de setenta minutos en el que descubrimos que tiene un amigo imaginario llamado Pinocchio. En paralelo, finje su propia muerte para huir de la mafia y uno de sus hijos se parte el cuello en una misteriosa caída por las escaleras. Mientras tanto, en la vida de verdad, abundantes restos de semen apuntan hacia Rod Stewart como el principal sospechoso de violar a una puertorriqueña de quince años en un hotel del centro. Aunque lo mantenemos con nosotros, decidimos eliminar su nombre de los títulos de crédito para recortar los efectos del escándalo. Por muy extraño que nos parezca ningún medio parece relacionar el suceso con la teleserie, los índices de audiencia siguen subiendo.

Superadas las quince emisiones, lo que empezó como una comedia se ha convertido en una espiral de destrucción, el Vietnam emocional de un hombre sin identidad. Las cargas sentimentales explotan por doquier, un plano nos muestra una foto de boda con su cara tachada. Realidad y ficción empiezan a formar parte del mismo juego de espejos, todos nos vemos afectados de algún modo. En plena postproducción, el actor que interpreta a la Señora Doubtfire interrumpe una de nuestras reuniones para exigir un aumento de sueldo. Tiene problemas, agarra a un compañero por las solapas. Nos cerramos en banda. Niega con la cabeza y nos grita, se tira de los pelos, pega una patada a una silla. Al salir por la puerta trata de arrancarse la máscara de látex. Pero ya no puede.

miércoles, junio 11, 2008

Grande Anal Completo

Son mis amigos.
En la calle pasábamos las horas.
Son mis amigos.
Por encima de todas las cosas.


Ya es junio, parece mentira. Los últimos noventa meses han pasado volando. Paseos, cenas, quimioterapia: como si nada. En una fiesta conocí a la novia de un amigo. Sentados en un sofá de cuero negro compartimos a solas cinco minutos. Sus patillas eran zona salvaje. Dijo: "el amor por los animales engrandece al ser humano". Asentí con la cabeza. Dijo: "cuando llegue el verano llegará el calor". Yo no entendía nada. "Esta fiesta me resulta deliciosa". Me sentía como si llevara un calipo lima pegado en la frente. Quería pasar el resto de mi vida en bicefala.com, quería escribir mensajes al chat de alguna televisión local. "Busco chico para paja, torso de chocolate".

Rafa me manda mensajes de móvil recordándome lo del blog. Que tengo que escribir en el blog. "¿No actualizas?". Rafa se gasta parte de su sueldo para que yo retome el blog. "Escribe". Te quiero, Rafa. Es como si me dieras cien pesetas para que dijera todo esto. Te quiero, eres un hombre bueno. Rafa. Has cumplido treinta. Feliz cumpleaños. NO CAMBIES NUNCA. Mándame dinero. Rafa. Si estoy aquí es por ti.

Viajé a Nueva York el mes pasado. Había muchos negros. En un Johnny Rockets ligué con una camarera ucraniana que me apuntó su dirección de myspace en un kleenex. Los negros cojeaban, caían al suelo de las avenidas, inundaban los McDonalds. Eran muertos vivientes. Seguí a un grupo de españoles, llevaban mochilas rojas a dos asas y sudaderas atadas a la cintura. Bajé quince pisos en el ascensor del hotel con un hombre vestido de traje que no paraba de llorar. Otro negro me pidió limosna, le ofrecí unos nachos y los rechazó porque no tenía dientes. Sin darme cuenta, me soné los mocos con el kleenex de la ucraniana. "New York state of mind".

Lo único que me queda es esperar a que salga la Guía Marca 2008.

martes, diciembre 11, 2007

Make your penis bigger

Todas las razas, todas las castas.
Hombres cuyo hablar recuerda al gruñido del simio.
Hombres de tierras tan remotas que viéndolos a sus pies
desangrarse en el barro
siente que no es él, sino el género humano,
quien ha sido vengado.


Franklin Heredia, peruano maricón, murió asesinado. Parece claro que lo dejaron sin aire, sin sangre y sin postre. Al señor Heredia; no se nos escape: peruano y maricón, se lo ventilaron a mitad del segundo plato de la cena del veinticuatro, entre los chistes de su cuñado y las muecas de payaso listo de su padre, Heredia Senior, también peruano, que moría por levantarse de la mesa para ir al salón, encender la tele y descubrir si se llevaba los millones del cupón de una puta vez por todas. Entre todo esto, decía, y la ensaladilla con gambas del Carrefour y el agua templada del grifo en vasos de Ikea, se nos murió el héroe, el hijo del payaso listo, o lo mataron. Cuarenta y tres años a las espaldas y la gerencia de un Pizza Hut aguardándole pasadas las vacaciones, mil y poco euros al mes y una vida sin espumillón para el tipo, que cuando estaba vivo y no andaba por la franquicia de la masa fina, mataba las horas en su piso alquilado de una perpendicular a Bravo Murillo, con ese gato que vaya gato, un gatazo gordo al que había llamado “Amarte así, Frijolito”, que dormía todo el tiempo y dejaba en la moqueta unas cagadas imperdonables y sin final en el horizonte como veladas familiares de Nochebuena. Heredia, que nació peruano aunque a la hora de morir fuera español y que empezó en el bando contrario aunque hubiera acabado tragándoselas sin doblar, tenía todos los apuntes posibles del pasado en esa misma cena, la última de todas, en la que compartía mantel y anécdotas con su exmujer, Cinthia Zapata, una venus de Willendorf cajera del Mercadona, y sus dos hijos, Luis Héctor y Danny, que a primera vista resultaban maricones por legado y subnormales por distinción, todos ellos alejados de su esposo y padre desde la tarde en la que les relató, en corrillo y sin más, cómo se había cepillado seis veces con ausencia de remordimiento a su profesor de la autoescuela, un señor bien feo que vestía chalecos y poseía la discografía completa de Culture Club. Al otro lado, cara a cara con el inminente cadáver, erigía su figura Ramón, el nuevo marido de Cinthia, empleado de banca madrileño que se sentía un Francisco Pizarro del siglo veintiuno entre montones de huevo hilado, salmón y sudacas, y que nada más ver como la cabeza del progenitor de sus hijastros impactaba bajo su propio peso contra el mejunje de guisantes, patata cocida y mayonesa de la vajilla, no pudo más que reírse pensando que era una coña -como a él le gustaba decir- “de las buenas”.

Hermanos, hermanas, primos y sobrinos, estaban todos sin excepción, hasta los riñones metidos en el negocio de la compra, la venta y el manejo de droga, ramo de traficantes de medio pelo jugando a ser colonos en una tierra largo tiempo conquistada. Al encuadre de la paz, la armonía y el amor, lo único que le faltaba eran unas bolsitas de cocaína colgando de las ramas del árbol de Navidad, entre las pelotas de discoteca del Lidl y los Papás Noeles de plástico, también del Lidl, medio derretidos por el influjo de una estufa. Ejecutado Heredia se acabó la rabia. Yo, que trabajo colocando carteles de promoción y dando voces para que no me mezclen la ternera con el pepperoni, yo, eh, ¿qué coño hago yo aquí?, se decía el infeliz un rato antes de palmar. Ahora que podría estar en casa, en el sofá sentado, viendo una película o tal vez limpiando los recuerdos de Amarte así Frijolito, mi gato sobrealimentado, qué hago aquí. Dónde resguardarse. La inercia de la fiesta, de las luces de neón y de la estrella de los Reyes de Oriente, que a un indio cholón de Pampahermosa (u otro lugar inventado), le deslumbra sin piedad. El aroma de los precios, una copa de lo que sea pero con alcohol, abrazar a un pariente odiado. Será que no sé ni quién soy, a estas alturas que me gasto, comenta en su fuero interno mirando hacia el cuenco de los langostinos a modo de confesión final. Y es entonces, al cruzar miradas en busca de marisco con Cinthia Zapata, Desdémona invulnerable que llegó de allende los mares, cuando Franklin Heredia, pizzero entre semana y peruano a tiempo completo, cae fulminado sobre su propia cena, sin resuello ni ayuda aparente, sintiendo en el último segundo el rebullir de un relámpago –lightning en inglés- entre sus costillas. Como una pelota Nivea estrujada en el fondo de un cajón en pleno invierno se desploma este hijo, padre y amante, sin llegar a catar la tarta de queso o apurar el vaso de agua del grifo. Todos dejan de comer con la carcajada inoportuna, sobrenatural y apenas diegética de un empleado de banca como marco, y empiezan a ponerse histéricos. Uno llama al servicio especial de urgencias para inmigrantes, otro sale corriendo y los niños gritan, pero nadie come. Porque la familia, al igual que una tumba, sólo se alimenta de hombres.

martes, noviembre 20, 2007

Carretera asfaltada en dos direcciones

The thousand-yard stare.
A Marine gets it after he's been in the shit for too long.
It's like...like you've really seen beyond. I got it.
All Field-Marines got it.
And you will have it too.


Esta mañana, aprovechando que llovía, he caminado sin detenerme; con firme objetivo y pantalones cortos, con una bolsa del VIPS en una mano y un puñado de sueños en la otra, trazando a mi paso una línea tan recta como invisible, hasta llegar a un destino, el mío, cuyo nombre tenía en mente antes siquiera de poner el primer pie en la calle, en esta mañana en la que -ya lo he dicho- llovía que te cagabas. De tanto caminar he recordado el paseo que Fernando Fernán Gómez cuenta que se pegó el día en el que acabó la Guerra Civil, una vez abierto Madrid, cuando se puso a andar y no paró hasta llegar a Leganés y más allá, comprando en un pueblo una botella del peor alcohol y repartiendo vida por ahí, saltando, tocando la guitarra o las palmas o lo que fuera que hiciera una persona en el treinta y nueve en España. Si hoy, ahora mismo, en dos mil siete y con rumbo confundido, me pongo a vagar hasta Leganés, existen un cincuenta por ciento de probabilidades de regresar a la Plaza de Cristo Rey motorizado y monitorizado, en una ambulancia con las luces puestas camino del Hospital San Carlos o de la Clínica de la Concepción, con finos hilos de sangre bajando por mi frente, la camiseta de Gorilla Biscuits agujereada tras una lluvia de puñales y quién sabe si algunos jirones de chándal de tactel atrapados entre las uñas, en un posible acto reflejo de defensa ante asaltantes juveniles provistos de puños americanos, botellines rotos de Bitter Kas y Mahou, y matrículas de coche con herrumbre. No lo sé bien, no lo puedo asegurar, pero tal vez haya sido una suerte para mí que, para no retar a la estadística, haya evitado ir a Leganés en esta mañana de lluvia.

Decía que, aprovechando, he caminado sin pausa hasta llegar a Pan Bendito.



Nada más llegar allí, la simpática imagen del adolescente Fernán Gómez se ha transformado de golpe en aquella escena de "The Super" en la que Joe Pesci deja aparcado su coche en pleno centro del Bronx, marcha a resolver sus asuntos y a la vuelta descubre a unos negros corriendo con la radio, los asientos y la carrocería, mientras lo poco que resta de su Ford Fiesta se resquebraja con el chasis en cueros. De tal modo me he sentido, desnudo bajo las luces de la ciudad. Pan Bendito, ¿mito o realidad? Grandes personalidades de éste y otros países han formulado idéntica pregunta en foros públicos o en la soledad de sus hogares, agitando ginebra en una copa o pasando las páginas del Marca, con la duda tatuada en el gesto de sus caras. Pan Bendito. Si atendemos al plano oficial del Metro de Madrid no cabe duda de que existe, está al final de la línea once, una línea de tan sólo dos paradas y color verde oscuro a la que nadie sabe si se accede vendiendo tu alma, repitiendo "Edu Noriega" tres veces frente a un espejo roto o cogiendo carrerilla y fé contra una pared de ladrillos naranjas. No obstante, fiarnos del plano oficial podría hacernos caer, como tantas otras pistas falsas, en el tremendo error de pensar que lugares claramente inventados como "Sierra de Guadalupe", "Colonia Jardín", "Vinateros", "San Cipriano" y la práctica totalidad de las estaciones que conforman la línea nueve (o línea morada), existen. Es por tanto, Pan Bendito, una incógnita moderna comparable a las que en su día representaron el Yeti, el hundimiento de la Atlántida o la elección del nuevo cantante de Killswitch Engage. No sabemos nada.



Es justo aquí, en su puerta, en el cartel de aviso, donde acaban para siempre el sueño y las sonrisas. Pan Bendito huele a muerte y a Fritos Matutano. Sólo se puede acceder a pie y por azar, no hay carreteras y una densa niebla oculta su perímetro por completo. Los cuervos sobrevuelan y se posan en las almenas del muro exterior. De ser un estado de ánimo, Pan Bendito sería Inseguridad. Sobrepasar los límites del barrio sin conocerlo es sentir una voz amiga revelándote que la pelota de baloncesto que llevas botando varias horas está rellena de dinamita, cerillas, gasolina y Pablo Motos. Niños sin padres corriendo desnudos detrás de las gallinas, hijos de las bandas y de los sacerdotes sin dientes. Gente que vive dentro de bolsas del Ahorra Más. Hermanado con parajes como Yoknapatawpha, Comala o Neverland, Pan Bendito no existe. Pan Bendito es una bala de plomo con tus iniciales grabadas a cuchillo, un contenedor ardiendo y el reflejo del oro en la navaja. Es justo aquí, en la entrada, en una valla blanca con un nombre, donde empieza todo lo que nos merecemos.

miércoles, octubre 24, 2007

Tempo di massacro

Háblame del mar marinero,
dime si es verdad lo que dicen de él.
Desde mi ventana no puedo yo verlo,
desde mi ventana el mar no se ve.


En octubre la vida lo envuelve todo, parezco feliz y salgo al gran balcón a que me pegue el aire seco, a pasear mi alegría. Juego con los niños en el parque, recojo las jeringuillas de entre los arbustos y doy palique a todas las señoras de moño alto, tacón orgulloso y botella de Dixán Gel fórmula Jabón de Marsella. Devuelvo sonrisas como quien planta una moneda cobriza de dos céntimos de euro en la contagiosa mano sin uñas de un vagabundo esperando que aquello florezca en colores cálidos, como un padre sin hijos que se dice que esta vida para qué y da media vuelta frente al umbral de una puerta cerrada. Como un gato gordo, capado y con nombre de mujer; el rollizo y taimado Clotilde, sentado sobre sus patas traseras y frito de calor bajo un jersey morado que algún hijo de puta tejió. Imaginando que puedo chocar las plantas de mis pies al sonido de las suelas de mis zapatos, en medio de un salto en el aire abrazado a una pirueta lateral que demuestre al mundo lo que yo ya sé, que -lejos del fondo- aquí donde me tengo no soy más que un hombre de circo. Que los demás meses que no son octubre -caso de existir- diluyan mueca de dolor con broma personal, deja de ser sorpresa allá por el año noventa y nueve nada más conocer el número exacto de miembros de la familia que por sus narices ensartaban el lugar común y por sus mañanas lo contaban en unas oficinas todas iguales y pequeñísimas, entre descanso y café o entre café y descanso al fresco de la sombra del fin de semana. Y es que al darse media vuelta octubre, el mes en el que la vida lo envuelve todo, los días son arrastrados por los pelos con la lentitud del residuo añejo medio atascado en las serpenteantes cañerías de una casa fantasma en un barrio secuestrado, mierda de Duque muerto y último vestigio de una raza largo tiempo olvidada que, al igual que cien fotografías amarillentas guardadas para siempre en un cajón suelto, se aferra a la existencia por sí misma, sin nada que la evoque ni un algo -humano, elemental, mecánico-, que se la lleve por completo. En la zona exterior sólo quedan coches, modas, gritos y cereales de fibra. La tortura más efectiva es la que no se hace notar. El mes se pliega sobre sí mismo, guarda silencio para pasar desapercibido, intenta engañarte. Pero tú no puedes saberlo porque tú no sabes nada, porque apenas existes y lo tuyo no tiene nombre. Pronto te alcanzará. A fin de dar esquinazo al ruido, tirar de la cadena doce meses al año, y permitir que la vida lo envuelva todo, octubre, en esta ocasión, no acabará nunca.